El romero.

Salvador Ulldemolins nos habla del romero.




En su día comentamos que, según el método de extracción que se emplee para una misma planta, los principios activos resultantes no siempre serán los mismos. Es por ello que hoy nos referimos al Romero en su versión como infusión o en macerado, para conocer las diferencias fundamentales en su composición y por tanto, en sus propiedades e indicaciones.


El Romero o Rosmarinus officinalis, es un subarbusto de la familia de las Lamiáceas, muy ramificado y verde todo el año, que puede medir de 50 cm a 2 m de altura. Sus hojas son opuestas y bicolores: por un lado verdes y por el otro blancas. Florece todo el año, siendo las inflorescencias de un color azul pálido y manchas violáceas. Crece preferentemente en terrenos calcáreos, siendo común en la cuenca mediterránea, desde la costa hasta los 1500 m. de altura.


La composición en principios activos de la planta es de: ácidos fenólicos como el caféico, clorogénico y rosmarínico; flavonoides y aceite esencial entre 1.2 y 2 %. El aceite esencial está básicamente compuesto por 1.8 cineol, alcanfor, y alfa pineno.


En los aceites esenciales no encontramos ácidos, y en este caso es un importante factor diferenciador. El ácido rosmarínico es un polifenol derivado de muchas plantas comunes de la familia de las Lamiáceas como el Romero, la Salvia, el Orégano, la Mejorana, el Tomillo y la Lavanda, entre otras. Tiene actividades antioxidantes, anti-inflamatorias y anti-microbianas de amplio espectro contra bacterias y hongos. Concretamente, su actividad antioxidante es más fuerte que la de la vitamina E, refuerza la elasticidad de la piel y retrasa su envejecimiento, aumenta la circulación sanguínea del cuero cabelludo reduciendo la caspa y estimulando el crecimiento del cabello.


Las preparaciones de Romero, sea en infusión o en maceración alcohólica, contienen el citado ácido, y desde muy antiguo, se han venido empleando para diversas indicaciones. “Mala es la llaga que el romero no la sana” reza un dicho popular refiriéndose al empleo de la infusión para lavar las llagas. El alcohol se emplea en friegas para dolores y contracturas y otras formas extractivas han formado siempre parte de formulaciones de un sinfín de bálsamos, ungüentos y vinos medicinales.


La infusión, en uso interno, es buena para los trastornos digestivos, mientras que por vía tópica lo es para las afecciones articulares (compresas calientes) o los vapores para la limpieza del cutis. Sin olvidar su uso alimentario como condimento, una ramita de romero sobre el arroz en esos cinco minutos de reposo hace maravillas.



✍️ Salvador Ulldemolins

biólogo y asesor técnico de terpenic