Rosa damascena.

Salvador Ulldemolins nos descubre la rosa damascena.




La Rosa damascena, también conocida como Rosa Búlgara o Rosa de Alejandría, pertenece a la familia de las Rosáceas. Es un arbusto espinoso, de 1-2 metros de altura. Sus hojas son caducas y sus flores son la parte más destacada, con abundantes pétalos (alrededor de 30) superpuestos en forma de capas. Por su atractiva belleza y su aroma sutil, es por excelencia la flor que simboliza la feminidad y el amor en todas las culturas, no hay rosa sin espina ni amor sin desamor.


Su nombre genérico proviene directamente del latín “rosa-ae” que deriva a su vez del griego antiguo “rhódon”. En la mitología griega la rosa nace en el mismo momento en que nace la diosa Afrodita para perfumar el aire que respira y para que la belleza de la flor sea lo primero que vean los ojos de la diosa.


En la cultura romana las rosas formaban parte del culto y de la vida cotidiana de sus habitantes. Se empleaban tantas rosas, que enormes extensiones de tierra se convirtieron en plantaciones de Rosa centifolia, también llamada Rosa romana, Rosa de Grasse o Rosa de mayo. Séneca condenaba en sus escritos el gasto excesivo en rosas de la administración y el cultivo desmesurado de rosales en tierras que en otro tiempo fueron de cereales.


En fiestas como “Floraliae”, consagrada a la diosa de la fecundidad Flora, se construían enramadas de rosas por la ciudad en el mes de abril, y en mayo se celebraban las “Venaliae”, consagradas a la diosa Venus, ofreciendo a la diosa coronas trenzadas con juncos y rosas. En verano existían unas fiestas fúnebres llamadas “Rosaliae”, durante las cuales se esparcían rosas sobre las tumbas de parientes y amigos. Las rosas también formaban parte de la gastronomía romana donde costumbre elaborar buñuelos rellenos de pétalos y vino perfumado con rosas.


En los inicios del mundo cristiano, los cultivos de rosas fueron eliminados por tener una procedencia pagana y lasciva, pero su utilidad medicinal hizo que se recuperaran.


Hay que remontarse algunos siglos atrás para seguir la historia del cultivo de la Rosa damascena. En Bulgaria, fue introducida en el S. XVII y se inició su cultivo en el Valle de las Rosas (Valle de Kazanluk), situado entre dos cadenas montañosas: los Balcanes y Sredna Gora. El periodo de recolección de las rosas se produce cada año entre mayo y junio durante unas 3 semanas, de 4 a 5 de la madrugada: cuando el rocío asegura el frescor de los pétalos se inicia el trabajo preciso y minucioso de la cosecha y se prolonga hasta que lo impide el calor de los rayos solares del mediodía, ya que destruirían la suavidad de su aroma.


Antiguamente se preparaba el jarabe de las nueve infusiones, recetado como “la más saludable y católica medicina de cuantas Dios creó para el uso de los mortales”, según el doctor Andrés Laguna. Se prepara con 100 g. de pétalos de rosa sobre los que se vierte un litro de agua hirviendo, dejándolo reposar seis horas, tras lo cual se filtra exprimiendo bien los pétalos. Se vuelve a hervir esa agua, vertiéndose sobre 100 g. de pétalos frescos y se repite la operación hasta nueve veces para conseguir que la infusión retenga el color, sabor y aroma de las flores. A la infusión resultante se le añaden unos 600 g. de azúcar para obtener el jarabe.



✍️ Salvador Ulldemolins

biólogo y asesor técnico de terpenic